RESEÑA

 

 

La obra y el pensamiento de Nietzsche han sido sometidos con inusitada violencia a todo tipo de interpretaciones, generando los mil rostros que ofrece hoy en día la singular filosofía de un autor que ha marcado, en muchos aspectos, las pautas de la reflexión filosófica en el siglo XX. No podía ser de otra manera frente a un texto dominado por la fragmentación y el hermetismo. Sin embargo, no siempre se ha valorado suficientemente uno de los aspectos más importantes de su pensamiento, sin el cual su filosofía perdería toda esa tensión creativa que genera: nos referimos a su reflexión radical sobre el arte y a la perspectiva estética desde la que lo piensa. Para comprender sus escritos de madurez y, sobre todo, su crítica a los problemas tradicionales de la metafísica y  epistemología, es imprescindible contar con esa guía hermenéutica, o  “hilo conductor”(Leitfaden), que es su concepción del arte, pues en realidad todos los textos de Nietzsche se fundamentan sobre esta piedra angular, donde se asientan y conviven todas las producciones culturales, como su lugar originario. Heidegger llegó a decir que hasta que no consigamos, a pesar de la fragmentaridad, ofrecer un orden interno en su doctrina sobre el arte, lo que se diga sobre el pensamiento de Nietzsche no deja de ser un conjunto de ocurrencias casuales y comentarios arbitrarios. Y es que este lugar desde donde habla Nietzsche es el más estable, pero es ante todo el terreno de todas las ‘ficciones’. Sólo a la luz de sus intereses estéticos podría apreciarse mejor la estructura de su pensamiento. No es extraño, por eso, que no pocas veces se hable de que la filosofía de Nietzsche pueda considerarse, en cierto grado, como una filosofía “estética”, en cuanto que sus puntos de vista y sus expectativas están vinculadas al arte.

 

Pero Nietzsche invierte la relación tradicional entre arte y conocimiento, según la cual el arte se subordina al conocimiento, para defender la precedencia del crear sobre el conocer, al mismo tiempo que denuncia el concepto clásico del arte como pura ficción, como una mera apariencia estética. Por eso, excluye de una forma radical la noción de verdad como fundamento de la creación artística, pues para él “el arte tiene más valor que la verdad”. Esto no es una mera y simple formulación teórica de un principio, sino que es el resultado de una vivencia, quizás, decía Nietzsche, “sea lo único que he vivenciado”, al hacer de la vida un experimento.  Desde su lección inaugural de 1868, Homero y la filología clásica, hasta sus escritos póstumos de los últimos años, el arte polariza sustancialmente la esencia de su pensamiento. De una forma explícita afirma en el Ensayo de autocrítica  de 1886, que su “metafísica de artista” de entonces contenía ya lo esencial de su pensamiento posterior.  

 

Nietzsche estaba, por tanto, convencido de la superioridad del arte sobre la filosofía, así como también de que había que transformar la filosofía a través del modelo que representa el arte. Con esto, se enfrentaba a toda la tradición filosófica, y al mismo tiempo estaba liberando al arte de  la dependencia de la filosofía, uniendo el destino de la filosofía al arte. Y verdaderamente, en esto nadie fue tan lejos como Nietzsche.  Y es que él se planteó la posibilidad original del arte frente a la tradición histórica. El arte tal y como había sido considerado a lo largo de la historia del pensamiento era incapaz de autonomía, de desarrollar y mantener su propia peculiaridad. El arte antiguo se encontró siempre sometido a la religión y a la moral, y estuvo subordinado a las demás actividades culturales. Pero él vio con perspicacia desde el principio que la estética tenía que velar por lo natural originario del hombre, los instintos, llegando a ser, por tanto, un saber fundamental de los instintos, de la vida, de tal manera que lo que puede justificar en cierto modo a la estética es el contenido pulsional y excitante de la naturaleza, la conciliación del hombre con la naturaleza. No es, entonces, un sinsentido que Nietzsche también piense que la ciencia tenga que transformarse en última instancia en arte, puesto que la ciencia tiene unos límites, es decir, su capacidad de conocimiento no llega a lo que es lo verdaderamente originario, algo que escapa a las posibilidades del método científico. Por lo tanto, el terreno en el que se mueve la ciencia es el ámbito de la apariencia, y en esto coincide con el arte. De este modo, la ciencia contribuye a justificar y reforzar la existencia humana con su valor pragmático de estar al servicio de la vida, y el científico no sería más que un artista y un intérprete de la realidad.     

     

Teniendo en cuenta estos presupuestos, a la hora de valorar sus ideas estéticas no se puede hablar simplemente de una sola visión del arte, sino de perspectivas o de puntos de vista que unas veces afloran para articular todo su pensamiento y otras desaparecen para resurgir de nuevo con una  fuerza renovada. En sus textos descubrimos una concepción del arte como “fuerza universal”, la idea del mundo y del hombre como “obras de arte”, el arte como sinónimo de todas las actividades creativas del hombre, como “su actividad metafísica fundamental”, la visión del arte como condición de posibilidad de la vida, y, sobre todo, la idea del arte como poder. Por otra parte, sus máscaras, sus metamorfosis, su estilo fragmentario, aforístico y provocador, contribuyen no en menor grado a perfilar esa nueva estética, abierta a tantas posibles interpretaciones.

 

            Sin embargo, hay una idea que aparece con cierta claridad desde los primeros escritos de Nietzsche: la estética sólo puede considerarse desde el punto de vista del artista, es decir, el arte se contempla desde la perspectiva del artista, no desde la obra de arte,  sin que esto signifique que se deje de lado la “obra de arte”, ya que ésta es la referencia regulativa del creador. La obra de arte sólo tiene interés en cuanto que es expresión del que crea, y en la medida en que es el síntoma del excedente y sobreabundancia de vida. Incluso el placer que suscita la obra de arte se produce porque comunica el estado del artista que la crea. El artista, por tanto, es el punto de partida y el punto de llegada. Luego, el proyectar creativo es más importante que el producto creado. Por eso, “estética” en Nietzsche no significa una teoría de lo bello, que se manifiesta en la obra de arte, sino que se refiere al artista como el creador que se expresa creando. Ahora bien, si todas las actividades creadoras del hombre caen bajo el concepto de arte, la idea de arte tiene un sentido universal y omniabarcante. No se puede hablar, por ello, de una estética en sentido clásico, pues precisamente lo que trata de llevar a cabo Nietzsche como tarea crítica es la desconstrucción de la “estética idealista”, el desmantelamiento de la idea de una obra de arte pura, sin finalidad. Una estética de estas características, en la que falta todo fundamento y legitimación trascendental, determina dotar al sujeto, al artista, de un estatuto especial. Es por eso, por lo que en la estética de Nietzsche el problema fundamental es el de la creatividad. El hombre no es lo primero, sino lo que surge como el que se crea a sí mismo.

 

 Ver el arte desde la perspectiva del artista significa al mismo tiempo retrotraer el arte al dominio de la vida:  “Ver la vida desde la óptica del arte y el arte desde la óptica de la vida”. Esta es, realmente, la verdadera “revolución estética de Nietzsche”, haber invertido la relación de poder de arte y vida, de tal manera que el dominio del arte sobre la vida está, sobre el terreno de la estética, de nuevo al servicio de la vida. Y esto es así, porque para Nietzsche el arte quiere la vida, por eso mismo el arte es más poderoso que el conocimiento, pues la vida no es posible más que si se potencian las ilusiones artísticas. Nietzsche estaba convencido de que el “arte y nada más que el arte” era no sólo un “estímulo para la vida”, sino también aquello que puede enseñar a vivir y a que la vida sea posible y soportable. Por eso, el arte visto desde la perspectiva del artista tiene también un valor fundamentalmente existencial; y en cuanto que es un modo de experiencia que implica directamente a nuestra propia noción de existencia, es una experiencia esencial, porque configura nuestro modo de ser en el mundo. La estética se puede entender, entonces, como experiencia del mundo. Por eso, el artista, en un sentido originario, no es tanto el que produce obras de arte, sino el que produce su propia vida, el que convierte su propio yo en un “fenómeno estético”. A través de la actividad creadora el hombre consigue superar el sinsentido de la existencia. Pero esto no significa que por el hecho de que el hombre estético viva una existencia armónica y serena, no tenga conciencia de que la vida idealizada que él pretende vivir es sólo una ilusión. No es un ingenuo optimista socrático, sino que es consciente del absurdo del trasmundo, pero lo elige sabiendo de antemano que se engaña a si mismo.   

   

Si la estética de Nietzsche se define como una “estética creadora”, en la que el arte es la expresión suprema del querer creador y del sujeto autárquico, el resultado de toda creación es una entidad concreta como manifestación de una potencia productiva. Ahora bien, la productividad es pensada como una fuerza y poder que persiste en la producción de una serie de obras. De ahí que el arte se convierta en la forma más clara en que se manifiesta la voluntad de poder, y que el origen de la voluntad de poder se muestre en la posición del artista. No hay arte, por tanto, hasta que el individuo no tome conciencia, primero de su propia plenitud, y después de la posibilidad de desbordarla y hacer partícipe a los demás de su propio poder, pues todo auténtico arte es esencialmente un “arte de apoteosis”, porque se presenta desde el “sentimiento de plenitud”. Y Nietzsche pone en el centro esa “fuerza”, “impulso” o “poder” que tiene validez universal, puesto que el arte es el producto de esa sobreabundancia poderosa - voluntad de poder - que se despliega en mil formas, todas ellas bellas, pero “aparentes”, y  que hacen posible la vida. Ese poder superior, que puede redimir al mundo, y que se sitúa en el centro de todas las cosas, en la medida en que puede articular el sentido de todo ente, es precisamente el arte, como forma superior de la praxis.   

 

No hay una contradicción fundamental en la estética de Nietzsche a pesar de los distintos cambios de perspectiva que se producen. Eso es precisamente lo que son esas etapas o periodos, “perspectivas”, “interpretaciones” de una intuición filosófica y vital, que tiene que ver fundamentalmente con la afirmación de la vida. Podemos distinguir y diferenciar, sin demasiados alardes cronológicos ni ideológicos, tres etapas en la evolución de la estética de Nietzsche, que más o menos coinciden con los períodos que normalmente se establecen sobre el desarrollo de su pensamiento.

 

1)        Se puede hablar de un primer periodo juvenil, dominado fundamentalmente por su entusiasmo romántico, por la metafísica de Schopenhauer y por los ideales artísticos wagnerianos. Esta primera etapa tiene su máxima expresión en El nacimiento de la tragedia, donde Nietzsche plantea el problema del arte desde la duplicidad de lo apolíneo y de lo dionisíaco, tomando como paradigma la música.

2)        Una segunda etapa, o periodo intermedio, correspondería al período crítico que comienza en Humano demasiado humano, donde el arte y el artista se convierten en objeto de la psicología. El desarrollo del pensamiento estético de Nietzsche se ve truncado por una experiencia vital excepcional. Después de haber estado sometido a la influencia de Wagner, y después de haber esperado que una nueva cultura se alzaría sobre los fundamentos de un nuevo arte, experimenta la terrible decepción de su ruptura con todo lo que ello implica.

3)        En una tercera etapa,  esa desconfianza respecto de los artistas y del arte, en general, comienza a remitir en la Gaya ciencia y en Así habló Zaratustra, de tal manera que se puede hablar ya de una reconciliación con el arte hacia 1887, con la publicación de su obra, Genealogía de la moral.   Nietzsche da a conocer en esta última etapa de su pensamiento sus más profundas intenciones respecto al significado que para él tiene el arte.  

 

 -----------------------------

 

 

     El libro consta de cuatro partes, que no siguen estrictamente un orden cronológico, según las etapas que hemos mencionado anteriormente, aunque respetan la evolución de las ideas de Nietzsche sobre el arte.

 

            La Iª parte, Estética de la música, recoge el pensamiento de Nietzsche sobre el arte musical. Constituye el transformando sobre el que se fundamenta su estética, y por eso hemos pormenorizado las motivaciones, fundamentos teóricos, dependencias y evolución de sus ideas.  El desarrollo del “paradigma de la música” responde a un diálogo permanente, primero con los principios estéticos de Schopenhauer y los aspectos téoricos del drama musical wagneriano,  y posteriormente con la idiosincrasia particular de los ideales de sur. Por eso, esta primera parte es un esbozo circular de su teoría estética en el que se encuentran en germen sus ideas sobre el arte en general. Es curioso observar cómo su primera obra El nacimiento de la tragedia surge desde el espíritu de la música, y cómo sus últimos escritos El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner, son un recopilatorio de sus principales argumentos contra el paradigma musical wagneriano. Los ideales estéticos de la música del sur abren un panorama nuevo de luz y de esperanza en el que Nietzsche se había instalado antes del colapso final.

 

            La IIª parte, Estética dionisíaca, trata sobre los distintos aspectos y proyecciones de la “metafísica de artista”, tal y como se desarrolla en su obra El nacimiento de la tragedia  y en sus notas y fragmentos póstumos. Se abre esta parte definiendo los principios básicos de su estética: la idea de apariencia del arte; el modo de ser del artista en sus dos dimensiones, la del uno primordial y la del genio; las connotaciones estéticas de las dos fuerzas artísticas fundamentales: lo apolíneo y lo dionisíaco. Y todo esto proyectado sobre el modelo de la tragedia, que en Nietzsche adquiere un valor paradigmático como arte esencial. La metafísica de artista tiene una proyección especial en la política, sobre todo al establecerse una estrecha relación entre el artista y el genio y los “hombres superiores”. Por último, y como fundamento y punto de partida de desarrollos posteriores, Nietzsche comienza a poner en relación el arte con la vida y el poder, de tal manera que el arte llega a ser definido como un “estimulante para la vida”, pero al mismo tiempo, como el resultado de la sobreabundancia y el poder de la vida.

 

            La IIIª parte, de transición, intercala uno de los aspectos fundamentales de la filosofía de Nietzsche, en el que se apoya su fuerza crítica: una nueva dimensión del lenguaje que inaugura nuevos modos decir. Frente a la fosilización del lenguaje conceptual se acentúa el poder creador y artístico del hombre para configurar metáforas, que dicen de un modo más originario lo que son las cosas. Esa estructura tropológica del lenguaje significa la reducción del lenguaje al arte de la retórica. En el fondo, esa nueva dimensión estética del lenguaje no es más que una consecuencia de la conclusión a la que llega Nietzsche: que la relación que se da entre lenguaje y realidad es una relación estética, o una cuestión de perspectiva o interpretación.

 

            La IVª parte explica el “giro” que se produce en la estética de Nietzsche a partir de su ruptura con Schopenhauer y Wagner. Las influencias naturalistas en el pensamiento de Nietzsche determinan la concepción de una estética fundamentada en lo corporal y fisiológico. La fuerza y el poder del instinto surgen de nuevo como soporte explicativo fundamental de las manifestaciones artísticas. De ahí que la danza, la risa y el juego tengan en Nietzsche un significado especial como “explosiones” artísticas de un poder interior incontenible. Esta visión transformada del arte alcanza también a los dos principios estéticos que configuraron su metafísica de artista: Dioniso se convierte en un filósofo-artista que asume las funciones de Apolo.  Pero todas las nuevas ideas sobre el arte en el Nietzsche maduro van adquiriendo una cierta consistencia y articulación bajo un principio filosófico que poco a poco asume una relevancia especial: la voluntad de poder. Si el arte al principio se explicaba mediante la relación dialéctica de dos fuerzas o poderes artísticos de la naturaleza, lo apolíneo y lo dionisíaco, ahora se identifica con la voluntad de poder, como juego de fuerzas que revelan el poder artístico y creador del hombre. 

            Se completa el libro con una Bibliografía selecta en la que se recogen las aportaciones principales sobre la concepción del arte en la obra  y el pensamiento de F. Nietzsche.